En la sangre
En la sangre Entregados a una de sus distracciones predilectas, levantando la punta de una pollera, tironeando una pretina, «haciendo cama» a un boca abierta, dando con un puñado de garbanzos en el rostro de los transeúntes, fastidiando a medio mundo con sus pillerías de muchachos traviesos y mal intencionados, vagaban una vez en tropel por las calles del mercado.
A un gallego recién desembarcado acababan de «ponerle los puntos», de «acomodarle» un zoquete de carnaza. Con la cristiana intención de refregárselas en la nariz a alguna vieja, frente a los puestos de pescado, embadurnábanse las manos en la aguaza que goteaba de una sarta de sábalos colgados. Por desgracia para Genaro, el pescador en ese instante, una antigua relación de su familia, atinó a reconocerlo:
-Che, tachero ¿cómo estás, cómo te va? ¡Pucha que has pelechau, hombre, que andás paquete!
Y como afectando hacerse el desentendido, tratara Genaro de alejarse, fingiendo no comprender que era dirigido a él el saludo.
-¿Qué, ya no me conocés, que no sabés quién soy yo?... Será lo que andás de casaca y te juntás con los ricos, que has perdido la memoria... Guarde los pesos, amigo, y salude a los pobres -insistió el hombre en tono de zumba.- ¡Mire qué figura ésa, qué traza también para tener orgullo!