En la sangre
En la sangre Luego, dirigiéndose a un vecino -el carnicero de enfrente- púsose a hablarle en voz alta de Genaro, a referirle que con motivo de ocupar un cuarto de la misma casa, había conocido al padre en el conventillo de la calle San Juan.
Entró en detalles; era el viejo un carcamán, un pijotero; un sinvergüenza; ni un triste puchero había sido nunca capaz de comprar para la familia; no hacía otra cosa que caerle a la mujer, le sacudía cada tunda al muchachito que lo dejaba tecleando y de chiquilín no más, sabía sacarlo a la calle, cargado de fuentes de lata.
Fue un colmo. Encendido el rostro de vergüenza, esquiva la mirada, balbuciente, sin atreverse a huir de allí, sufriendo horriblemente con quedarse como un criminal, sorprendido en el acto de delinquir, viose Genaro obligado a soportar hasta el fin aquel suplicio.
Abrían tamaños ojos los otros, se acercaban, aguijoneada su curiosidad se amontonaban a no perder una palabra de la historia.
Y le llamaron tachero, al separarse, gritando, haciendo farsa de él sus compañeros, y tachero le pusieron desde entonces, el tachero le quedó de sobrenombre.