En la sangre
En la sangre La negra perspectiva del porvenir que se forjaba, la idea de que no llegaría jamás a cambiar su situación, de que sería eterna su vergüenza, la humillación que día a día le hacían sufrir sus condiscípulos, de que siempre, a todas partes llevaría, como una nota de infamia, estampada en la frente el sello de su origen, llenaban su alma de despecho, su corazón de amargura.
¿Pero qué, no era hombre él, debía por ventura resignarse así, cobardemente, conformarse con su suerte, sin luchar, sin sublevarse, doblar el cuello, dejar que se saliesen los otros con la suya, que lo siguiesen afrentando, mirándolo desde arriba, habituados a manosearlo, a no ver sino a un pobre diablo, a un infeliz en él, al hijo del gringo tachero?
«¡No!», llegó a exclamar un día en un desesperado arranque de bestia acorralada.
Él los había de poner a raya, los había de obligar a que se dejaran de tenerlo para la risa... les había de enseñar a que lo trataran como a gente... ¡Y ya que sólo en el azar del nacimiento, en la condición de sus familias, en el rango de su cuna, hacían estribar su vanidad y su soberbia, les había de probar él que, hijo de gringo y todo, valía diez veces más que ellos!...