En la sangre
En la sangre Levantado de la cama al aclarar en las mañanas crudas de invierno, pero insensible a los rigores del frío y a la falta de descanso, la hora de la clase, el momento de salir, llegaba a sorprenderlo sin tiempo muchas veces de tomar el más ligero desayuno, absorto por completo en el trabajo, en ese trabajo maquinal del estudiante rutinero porfiando con el libro, haciendo con un tesón de buey uncido al yugo, por grabar en su memoria lo que había intentado comprender la víspera, repitiendo en voz alta la lección del día, diez, cien, mil veces, seca la garganta, mareada la cabeza, invadido más y más por un confuso aturdimiento, por una inconsciencia vaga en el ritmo automático de su incesante marcha a lo largo de la pieza.
Luego, bajo el círculo de la luz de una lámpara de aceite, en la atmósfera encerrada de su cuarto de estudiante, noche a noche, las veladas se sucedían, las veladas sin fin, interminables, prolongadas hasta las horas cercanas de la madrugada, arrebatado, febriciente, en la enorme tensión intelectual a que voluntariamente llegara a someterse, clavados los codos sobre su escritorio -un escritorio de paño verde, enchapado de nogal -oprimida la frente entre las manos, los ojos fijos en algún libro de texto.