En la sangre
En la sangre Como si los viera, iban a estar cayéndole, haciendo farsa de él, interpretando de mil modos, a cual peor, su extraña desaparición, su inexplicable ausencia. Nadie, de fijo, creería en su embuste, ni uno solo de sus condiscípulos daría crédito al cuento tártaro de su enfermedad, sabrían que se había ido de miedo, sería la burla al día siguiente, el escarnio, el hazmerreír de toda la clase.
No, era indigno, indecoroso lo que intentaba, se quedaría, fuera de ello lo que fuere, aguantaría, se había de saber obligar él a quedarse y a aguantar, exclamaba, «¡mandria, collón, gringo, tachero!», se llamaba en el rabioso desdén que de sí propio la conciencia de su flaqueza le inspirara.
Resueltamente salió por fin a la calle, giró en torno de la manzana, entró a la librería del Colegio, compró un ejemplar de texto, y, con el libro oculto bajo la solapa del paletot, volvió sobre sus pasos, penetró de nuevo a la Universidad.
Nadie debía haber, ni un alma en los altos; dos horas faltaban, una por lo menos, para que continuaran los exámenes; tenía tiempo, trataría de ponerse al corriente de la cuestión, de aprender algo, aunque no fuese más que de memoria. Creía recordar que traía descrito el libro un aparato de Gay Lussac, lo estudiaría, vería de que se le quedase grabado en la cabeza, lo pintaría si acaso en la pizarra, podría salir de apuros así.