En la sangre
En la sangre Y, amortiguando el ruido de sus pisadas, agazapado, haciéndose chiquito, de a dos, de a tres empezó a trepar los escalones.
Hallábase en efecto desierto el largo claustro arriba... solo allá, hacia el fin, entre el polvo de oro de los rayos del sol penetrando oblicuamente, una silueta humana, alcanzábase a discernir.
Pasaba, se deslizaba como un fantasma, se perdía en la encrucijada, volvía a pasar, al ritmo acompasado de su andar, un andar de procesión, volvía a perderse. Llevaba, ya inclinada la cabeza, ya los brazos recogidos, ya caídos, suelta en lo vago la mirada, mientras, del marmoteo incesante de sus labios, un susurro se escapaba, flotaba en el aire muerto como un confuso y sordo runrún de bicho que volara.
Otro, otro que tal, otro bruto como él, otro infeliz, otro pobre porfiando tras del mendrugo, díjose, reconociendo a uno de sus condiscípulos Genaro.
Pero en el afán de no perder él mismo un solo instante, atareado, hojeando el libro ya, al enfrentar el salón de grados, observó con extrañeza que había quedado abierta la puerta.
¿Por qué la habrían dejado así? Un descuido sin duda del portero o del bedel.