En la sangre
En la sangre Y curioso y sobrecogido a la vez de involuntario pavor, en una irresistible atracción de condenado, a la vista del lúgubre aparato de su suplicio, medrosamente puso el pie sobre el umbral y se asomó.
Le pareció mayor la inmensa sala en el silencio, más dilatada su bóveda, más alejado su fondo, del que, semejante a un falso Dios, a algún ídolo enemigo, con el funesto emblema de su R enorme en el zócalo, el busto en bronce de Rivadavia resaltaba.
Hacia el centro, enseguida, junto a la pared de enfrente, la tribuna, la clásica tribuna apareció a su vista, ventruda, chata, tosca, desdorada, apolillada, respirando un aire a rancio, a ciencia añeja de sacristía, como un púlpito.
Luego, aislada y solitaria en medio de un ancho espacio, como un escollo en el mar, la silla del examinando, el banco de los acusados, el banquillo acaso, se decía, clavando en ella los ojos lleno de sobresalto Genaro, su propio banquillo de reo, destinado a una muerte más cruel y más infamante mil veces que la otra.
A media altura, por fin, sobre el muro de cabecera, una colección de pinturas quebrajadas y polvorosas atrajo sus miradas: la efigie de los rectores de antaño, proyectando cada cual desde su marco, el apagado rayo de una mirada oblicua, turbia, muerta, siempre igual, incansable en la angulosa impasibilidad de sus rostros de frailes viejos.