En la sangre

En la sangre

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Y el estrado, los tradicionales, los vetustos sillones de baqueta y la mesa, abajo, imponente en su solemne aparato, tendida de damasco blanco y rojo, arrastrando el ancho fleco de su carpeta por la alfombra, mientras de entre el tintero, enorme, y más allá la campanilla, cuyo timbre de llamada era como una descarga eléctrica en el pecho, la urna, la urna fatal se destacaba del conjunto, negra, fatídica, siniestra en su elocuencia muda de mito.

Estaba allí, indefensa, abandonada, a pocos pasos de él al alcance de su mano, estaba abierta, tenía dentro las bolillas, las treinta y seis bolillas del programa, como ofreciéndolas, como instigándolo a uno, como provocándolo.

La sugestión, la idea del mal llegó a poseerlo; bruscamente con una prontitud de luz de rayo, robarse una se le ocurrió.

Podía elegir, llevarse la que quisiera, la que se le antojara, buscar en el montón el número del programa que más a fondo hubiera estudiado, en el que más fuerte se sintiera; guardársela en el bolsillo, tenerla escondida entre los dedos al ir a meter la mano, hacerse el que revolvía y sacarla y mostrarla luego, como si sólo entonces la acabara de tomar.


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