En la sangre

En la sangre

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Pero no, volvía la espalda, en ese instante... Entonces, como arrebatado del suelo por el azote de algún furioso huracán, con todo el arrojo de los valientes, con todo el amilanamiento de los cobardes, incapaz de discernir, sin mínima conciencia de sus actos, como si contemplase a otro en su vez, se vio Genaro de pie junto a la urna. Había metido la mano, había tenido la sensación de una mordedura de plomo líquido en las carnes; erizado de terror, la había sacado; las bolillas chasqueaban, se entrechocaban, saltaban en tropel, como hirviendo... ¿en la urna?... sí, trasformada en una caldera enorme de brujas, y voces, varias voces, tres o cuatro, lo habían chistado, lo habían llamado, brevemente, secamente, ¡pst, ep, ch!, de una ventana, de la puerta, de arriba, de allá atrás.

Como en un fulminante acceso de locura, presa de un pánico cerval permaneció un momento inmóvil, pasmado, estupefacto.

Luego, en un endurecimiento de todo él, logró arrancarse de allí, pudo andar, llegó a correr y como quien huye del fuego que va quemándole la ropa, afuera, en el claustro ya, echó de ver lleno de asombro que llevaba apretada en la mano una bolilla... ¡la había robado... o más bien no, ella, ella sola había debido metérsele entre los dedos!...

Era tiempo; el Rector, los catedráticos, los otros estudiantes, subían, asomaban por la escalera.


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