En la sangre

En la sangre

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Indudablemente, lo más cauto, lo más prudente era no meterse en honduras, el mejor de los dados es no jugarlos... tanto más que por mucho que se obstinase en cerrar los ojos a la luz de la verdad, no podía dejar de convenir en que era feo, en que era mal hecho en suma aquello... no, no había vuelta que darle, se lo estaba diciendo a gritos la conciencia.

Y, sin embargo... ¡lástima, lástima grande renunciar a la bolada!... habría sido clavar una pica en Flandes, caso de salirle bien...

Como en un último pudor de virgen que se da, la vacilación, la duda, el recelo de lo desconocido, la aprensión al incierto más allá de la primera vez, un momento lo contuvieron. Pero la urna, la urna maldita, semejante a un mensajero del infierno, lo atraía, lo fascinaba, derramaba sobre él todo el demoníaco hechizo de la tentación.

Vanamente se exhortaba, luchaba, se resistía; le era imposible desviar de ella la vista, seguíala, envolvíala a pesar suyo en un ojeo avariento de judío.

Perplejo, irresoluto aún, hizo un paso, sin querer, como empujado. Se figuró que el otro, el que andaba caminando por el claustro lo miraba; ¡bestia, imbécil, no partirlo un rayo, no reventar, no caerse muerto!... ¡bien podía haberse ido a repasar al seno de la grandísima perra que le había tirado las patas!...


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