En la sangre
En la sangre
Seguro del terreno que pisaba, dueño absoluto de sí mismo, la palabra brotaba de sus labios, fácil, fluida, franca, en el recogido silencio de la sala; con el brillo y la pureza del cristal sonaba el timbre de su voz que la emoción ligeramente estremecía.
Allá, tal vez, en el fondo, para un ojo observador, un vacío, un punto negro habría podido acusarse, una ausencia de acabada claridad, de precisión en el juego de las ideas, algo como esas masas de sombra, vagas, indecisas, que suelen flotar a la distancia, empañando la diáfana pureza del espacio en días de sol.
Habríase dicho una ficción, por momentos, una falsa imitación más bien, de saber y de talento, el oropel de una apoteosis de teatro, trabajada, artificial, la luz del gas simulando el sol.
Fue un triunfo, sin embargo, un momento espléndido de triunfo. La más alta, la más honrosa de las clasificaciones; una especial mención de los miembros de la mesa, felicitando a Genaro por su soberbio examen; el aplauso general, los parabienes de sus compañeros, aún de aquellos cuyo altanero desdén más dolorosamente había sentido siempre pesar sobre él y que, con la sonrisa en los labios, acercábansele ahora, estrechábanle solícitos la mano.
