En la sangre
En la sangre En ocasiones, mediante un lucro razonable, solía su dueño ponerlo a disposición de los amigos; no sin ciertas reticencias, cuchicheando en los rincones y bajo palabra formal de silencio y discreción: cuestión de no comprometer de puro bueno y complaciente el crédito de la casa.
Pero lo abría, lo ventilaba, hacía sacudir el polvo en carnaval, al iniciarse los bailes; las ganancias en esa época se presentaban gordas y, adiós entonces moral y miramientos; noche a noche, de las dos de la mañana en adelante era un train a tout casser.
Allí también, concluido el año, solían citarse entre estudiantes; los amigos del mismo curso, a festejar con una cena en que había pavo, tajadas de jamón y hasta champagne por veinte y cinco pesos «a escote» la «sacada de clavo del examen».
Y ocho o diez de los de la clase de Genaro y él entre ellos, acababan de instalarse alrededor de la mesa, alegres, charlatanes, mientras esperaban que empezase el mozo a traer la cena, hablando cada cual, sin ton ni son y a todo azar, de lo primero que caía a mano; el espíritu liviano, retozón, como en asueto, después de los mortales meses de estudio y sujeción, ganoso el cuerpo, recobrado, aguzado el apetito, como en una revancha de la bestia puesta a dieta.