En la sangre
En la sangre ¡Oh! mientras de pie sus compañeros, brillante la mirada, encendida la mejilla, la copa en alto, dejaban sin violencia correr la fecunda fuente de su labia, él abstraído, ensimismado, allá, solo en sus adentros, trabajosamente se ensayaba, buscaba, procuraba dar forma al pensamiento, poner a prueba una vez más la medida de sus fuerzas, y, ¡una vez más, infeliz!, era asaltado por la triste y dolorosa persuasión de su impotencia.
Nada... ni una frase, ni dos palabras siquiera, sensatas, pertinentes, atinadas, habríase creído capaz de hacer brotar de sus labios... nada... sentía su cabeza seca como los vasos de Champagne dispersos sobre el mantel.
Y, con esa insistencia grosera y desmedida que comunica el vino, urgido, apremiado a gritos por sus compañeros, sin saber qué excusa dar, ni qué decir, ni qué hacer, como rompiéndosele a pedazos en medio de la algazara, el corazón le latía, le silbaban los oídos como en un tiro a quemarropa, confusas, revueltas, enmarañadas sus ideas, semejantes, en el brusco agolpamiento de su sangre, a las piezas de una máquina que acabara de estallar.
Lejos de ceder los otros, sin embargo, seguía la grita, porfiada, atronadora. Lo habían rodeado, lo agarraban, lo tironeaban los más borrachos; «¡que hable, que hable... sí señor, tiene que hablar!»