En la sangre

En la sangre

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No era juguete, era serio, era peludo el negocio ése. Había de socios, según decían, una punta de camastrones, unitarios orgullosos y retrógrados, que manejaban los títeres y no entendían de chicas, que le espulgaban la vida a uno y le sacudían sin más ni más, por quítame allá esas pajas, cada bolilla negra que cantaba el credo.

¡Su padre... menos mal ése, se había muerto y de los muertos nadie se acordaba; pero su madre viva y a su lado, estando con él, era una broma, un clavo, a dónde iría él que no lo vieran, que no supieran, que no le hiciese caer la cara de vergüenza con la facha que tenía, con sus caravanas de oro y su peinado de rodetes!

Una idea fija, pertinaz, un único pensamiento desde entonces lo ocupó, llenó su mente; verse libre, deshacerse de ella; la enfermedad de la pobre vieja fue el pretexto:

-Está siempre padeciendo ahí, mamá, usted, con esa tos maldita que no le da descanso. ¿Por qué no se resuelve y hace un viaje a Italia? El aire del mar le había de sentar, ve a su familia, se queda allá unos meses con ella y después vuelve; yo la espero.

Se rehusó, protestó en un principio la infeliz:

-¿A Italia yo... dejarte a ti mi hijito, irme tan lejos enferma y sola... estás loco, muchacho... y si me muero y si no te vuelvo a ver?...


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