En la sangre
En la sangre Sin embargo, comer puchero y asado, beber vino carlón del almacén y vivir en los andurriales, en medio de la chusma, entre el guarangaje del barrio del alto... Le habría gustado una casa, aunque hubiese sido chica, en la calle de la Florida como entre Cuyo y Temple por ejemplo, a esas alturas, en el barrio de tono, donde no se veían sino familias decentes, estar allí él también, vivir entre esa gente, poder mostrarse, salir, pararse en la puerta de calle los Domingos, a la hora en que pasaban las pollas al Retiro.
Soñaba con tener tertulia en Colón, con ir en coche a Palermo, hacerse vestir por Bonás o Fabre, ser socio de los dos Clubs, el Plata y el Progreso, de este último sobre todo, cuyo acceso era mirado por él como el honor más encumbrado, como la meta de las humanas grandezas, y frente al cual, al retirarse a su casa de Colón, solía pasar en noches de baile, contemplando desde abajo la casa bañada en luz, como contemplaba las uvas el zorro de la fábula.
¡Oh! ¡si pudiera, si de algún modo llegara a conseguir, si alguno de sus condiscípulos quisiera encargarse de presentarlo, de apadrinarlo, de empeñarse en su favor...!
¡Pero cómo, siendo quién era, iba a atreverse él, con el padre que había tenido, con la madre, una italiana de lo último, una vieja lavandera!