En la sangre
En la sangre O, cuando más, que en eso solían ir a parar los de su estofa, conseguir a fuerza de pedidos y de empeños algún nombramiento de juez y resolverse a vivir entre la polilla de los expedientes y a quemarse las pestañas diez o doce horas por día, para que nadie en suma se lo agradeciera ni se acordase de él.
¡No, maldito lo que la cosa le halagaba, y últimamente, maldito lo que le importaba tampoco... estaba cansado, fastidiado, dado a los diablos ya!...
Buen zonzo sería, buen imbécil, con semejante perspectiva por delante, de estar devanándose los sesos, perdiendo los mejores años de su vida, cuando se hallaba en edad de gozar, de divertirse y no le faltaba, por lo pronto, con qué poder hacerlo.
La vieja tenía sus pesos, su renta, su casa; ¡para qué servía la plata, sino para gastarla! Mañana se moría uno... Pero no le había de suceder a él, eso no, que se le fuese la mano, no había de ser como muchos de sus conocidos que agarraban y la tiraban, sin mirar para atrás, sin ton ni son... ¡hasta por ahí no más y gracias!...