En la sangre
En la sangre
La acción incesante y paulatina del tiempo, la verdad, la realidad palpada de dÃa en dÃa, de hora en hora, lentamente habÃan ejercitado su ineludible influencia sobre el ánimo de Genaro familiarizado más y más; avezado, hecho por fin a la idea de eso que a sus ojos habÃa alcanzado a tener la brutal elocuencia de los hechos: su falta de aptitudes y de medios, la ausencia en él de toda fuerza intelectual.
Y un desaliento, una indiferencia profunda, completa, llegó a invadirlo, un sentimiento de frÃa conformidad que, más que la resignación del vencido, era la indolencia del cÃnico.
Tiró los libros, dejó, cortó su carrera en derecho. ¿Para qué, si no podÃa, que le era dado esperar en el mejor de los casos, en el supuesto de que a trueque de seguir llevando una vida de bestia de carga y merced sólo a la indulgencia de sus maestros, le fuese en fin otorgado su diploma? ¡Defender pleitos de pobres, ganar apenas para no morirse de hambre, esquilmar al prójimo, explotar a algún dejado de la mano de Dios que tuviese la desgracia de caer en poder suyo, vegetar miserablemente en calidad de adscrito a algún otro estudio, a la sombra de la reputación y del talento ajenos, relegado al último plan, haciendo de tinterillo, de amanuense por cuatro reales que le pagasen!...
