En la sangre
En la sangre Ante todo, lo esencial para él eran las formas, la apariencia; andar paquete, pasearse de habano por la calle de la Florida y que no le faltaran nunca cincuenta pesos en el bolsillo con que poder comprar entrada y asiento para Colón.
Lo demás, aunque tuviese que apretarse la barriga y comer en los bodegones y dormir en catre de lona, eso, ¡cómo había de ser!... ése era negocio suyo, allá se las compondría él...
No había para qué andar mostrando la hilacha, sobre todo, dando indicios, haciéndolo saber, publicándolo a son de pitos y tambores.
Habló al dueño del hotel, ajustose con él y cambió de habitación. Aun cuando era pequeño el cuarto, oscuro, húmedo, apestando a letrina y en el piso de los sirvientes, que lo viesen salir siquiera de la casa, algo era algo, poder decir uno que vivía en el Ancla Dorada.
Fue enseguida y se abonó, tomó pensión en la Fonda Catalana; cuatrocientos pesos en salita aparte; comía temprano, antes que se llenara de gente todo aquello.
Y suprimiendo luego los desembolsos inútiles, superfluos, eso de tener porque sí coche a la puerta, de pasarla mitad de su tiempo metido en las casas públicas, de andar tirando el dinero en guantes, perfumes, bastones, docenas de corbatas, consiguió al fin llegar a balancear mal que mal su presupuesto.