Música sentimental
Música sentimental Y arrancando al vidrio de sus ojos quemados por la fiebre una mirada insensata de reto que lanzó al cielo, desgarrado el pañuelo entre los dientes, rígida como una muerta, los dedos retorcidos, crispada toda entera en un espasmo supremo, fue una imagen a la vez horrible y sublime del dolor.
«Me parece que he ido demasiado lejos», me dije al contemplarla así, compadecido y pesaroso.
Hay exceso de combustible y puede reventar el cilindro. A ver una válvula de escape…
A mi turno, entonces, me levanté, me acerqué a ella, le tomé con dulzura las manos, la agarré después de la cintura y, dejándome resbalar a una silla, la senté, poco a poco, sobre mí, en un aflojamiento blando de su ser, en una molicie inconsciente y mansa de sus miembros.
Murmuró una queja:
—¡Qué le he hecho yo para que me trate de ese modo!
—¡Pobrecita! Perdona. He sido grosero y cruel.
Y, en una sonrisa triste, cerró los ojos, su frente caída en la mía, su aliento quemándome la boca, ardiente, abrazador, cortado aún a bruscos sobresaltos, últimos azotes del dolor cansado.
¡Estaba linda así, linda de comerla a besos!