Música sentimental
Música sentimental A lo que me apresuré a contestar agradeciendo atentamente este último acto de deferencia y de política, pero tomándome, a la vez, la libertad de hacer una ligera observación de detalle. Ni había habido ofensa sangrienta, ni hecho, ni cuestión que no pudieran discutirse ni ventilarse en paz, ni duelo inevitable, ni derecho en el conde para elegir florete ni nada. ¿Y, entonces? Las cosas habían pasado sencillamente así: encontrándose nuestro comitente en su casa, comiendo en compañía de una señora perfectamente digna y de un amigo, el marido de dicha señora, arrastrado, sin duda, por su carácter irreflexivo y violento, después de una escena de pugilato a que provocó al portero, escena extraña, cuando menos, en un hombre de cuna hidalga, permitióse entrar, echando casi la puerta abajo y, descuidando hasta las reglas más vulgares de urbanidad y buena crianza, intimar a su mujer de una manera brusca y ruda que hubiese de seguirlo. Este proceder inusitado, por no emplear una calificación más dura, constituía una violación formal de domicilio, con la circunstancia agravante de vías de hecho, golpes y heridas, a la vez que un insulto grave a la persona del propietario de la casa y a la de la señora en cuestión, la que, por el hecho de encontrarse allí, se hallaba bajo la salvaguardia y la protección de aquel. Fundados en estos antecedentes y felicitándonos de que el contrario se hubiese anticipado a nuestras miras, éramos nosotros los que exigíamos una satisfacción por el atropello cometido, con excusas a nuestro representado, o, en su defecto, una reparación por las armas, en cuyo caso, dado nuestro doble carácter de ofendidos y desafiados, nos pertenecía de derecho la elección de dichas armas, así como la determinación de las otras condiciones del lance. ¡No queríamos, sin embargo, llevar las cosas a sangre y fuego, deseando ante todo, en atención a los graves deberes de humanidad que sobre nosotros pesaban, apurar todos los medios de conciliación a nuestro alcance! Seríamos benignos, pues, e iríamos hasta declarar satisfecho el honor con una simple carta de excusas dirigida a nuestro poderdante, dictada por nosotros y firmada por el agresor.