Música sentimental
Música sentimental Hacía un tiempo precioso, había salido a tomar el aire, acertaba a pasar en circunstancias en que entrábamos nosotros, Pablo la invitó a descansar, estaba cansada, aceptó, era la hora de comer, íbamos a sentarnos a la mesa, sentía hambre, ella también se sentó.
¿Y de ahí?
Honni soit qui mal y pense! Y si el conde se tenía tan poca fe que eso bastaba para que se creyese lo que no era, lo que no lo había hecho Pablo, por lo menos, si tan nula era la confianza que depositaba en su esposa, una persona muy buena y muy decente, al parecer, con Dios, peor para él.
Para nosotros, la condesa era inocente y ahí no apeábamos.
Aquí, mis contrincantes medio enredados en las cuartas, dijeron experimentar la necesidad de ir a consultar el punto. Así lo hicieron, volviendo, al poco andar, con el siguiente parte:
El conde estaba en sus trece. Seguía representando grilla la inocencia de su mujer, lo que prueba que no era tan zonzo como la mayoría de sus colegas. Pero tenía tales y tantas ganas de trenzarse con Pablo, decía, que renunciaba todo con tal de que hubiera duelo y de que el duelo fuese à outrance.
Me pegaban en el clavo; a ese terreno quería traerlos y nada más que por eso había estado haciendo fuerza. Ahora les llevábamos nosotros la media arroba.