Música sentimental
Música sentimental Una barrera de púrpura, como el muro encantado de un palacio de hadas, bruscamente, cortaba el horizonte sobre el espejo líquido del mar, mientras los picos de los Alpes, gigantes envueltos en sudarios, se teñían de rojo ellos también, semejantes a un reflejo del incendio en que Dios iba a abrazar al mundo.
Por el manto verde tendido sobre el suelo, los pájaros gorjeaban el eterno estribillo de sus canciones con la franca alegría de la inocencia.
Las flores abrían su seno estremecido en acceso amoroso con la luz.
El soplo de la brisa, como los aleteos del agua en la arena de la playa, rizaba de ondas fugitivas el tripe de los céspedes.
La naturaleza toda, aburrida de sueño y de tinieblas, se despertaba dando un grito de contento al ver el sol.
El hombre, el hombre únicamente, haragán y vicioso, dormía aún pegado a sus blanduras en el aire encerrado de sus guaridas.
Y, al contemplar a Pablo cruzando con paso acelerado aquellas calles solitarias, habríase dicho que, marcado por el dedo del destino, en el desesperado anhelo del condenado a muerte por vivir, sólo él había desterrado el sueño de sus párpados, buscando en la contemplación de la obra de las obras una hora de compensación siquiera, a la pérdida eterna de su vida.