Música sentimental

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—Cuando sentí que Pablo salía al alba del hôtel, me tiré vestida de mi cama y salí a mi vez. ¿Qué iba a hacer? No lo sabía. No dependía de mí su salvación, no estaba en mi mano protegerlo, nada me era dado hacer por él y, no obstante, la voz secreta del instinto, una voz imperiosa, irresistible, me empujaba. No, no debía abandonarlo, no debía separarme de él en la hora azarosa del peligro, cuando iba, acaso, a perderlo para siempre… ¡Y, después quién sabe! Un último recurso era posible, un esfuerzo desesperado, supremo, una inspiración, un milagro tal vez podía salvarlo… ¡Qué sé yo! Arrastrarme a los pies del conde, decirle que era una miserable, una infame, que había mentido, calumniado horriblemente a su mujer, que la condesa era inocente, que los celos me habían cegado, enloquecido, implorarle, suplicarle de rodillas, arrojarme de pronto entre los dos, hacer un escudo a Pablo con mi cuerpo, recibir en mi pecho el plomo de su enemigo, morir por él, ¡sí, morir!… Y la idea de la muerte me sonreía como la promesa infinita de un inmenso bienestar. ¡Qué suerte más envidiable, qué sacrificio más dulce, qué felicidad más grande, que el abandono de mi vida en aras de mi amor! Pero no, soñaba, deliraba, era una quimera, un absurdo. Nada ni nadie en el mundo podía impedir el bárbaro combate, aquellos dos hombres iban a degollarse atrozmente, era forzoso, inevitable, fatal. Y, sin embargo, caminaba, avanzaba más resuelta cada vez sobre las huellas de Pablo, siguiendo de lejos sus pisadas, ocultándome en las esquinas, borrándome a lo largo de las paredes, esperando palpitante cuando, en la vehemencia de mi andar, acortaba la distancia que de él me separaba, para continuar, un momento después, presa de la misma horrible agitación. Lo vi, por último, reunirse a ustedes y entrar aquí. Entonces, con la obsesión de la idea que me acosaba, anhelante, afanosa, empecé a dar vueltas como un perro alrededor de la casa buscando una puerta abierta, una entrada, espiando un descuido, una ventana olvidada, un balcón donde subir, una pared que saltar. ¿Cuánto tiempo pasé así? Me sería imposible decirlo. Sé que un hombre llegó junto a mí y que ese hombre era el criado de Pablo. Una sola vez lo había visto, pero eso me bastaba. Él también me había reconocido; me miró con desconfianza:


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