Música sentimental

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—Así no más es —me contestó entre mohíno, risueño y serio—, pero ¡qué remedio! Para no comprender todo lo que esa mujer vale, sería preciso que tuviera el corazón más seco que una loma en el mes de enero. ¿Quiere que le diga más y que sea franco con usted? Hoy Loulou es una necesidad imperiosa de mi vida. Cuando no la veo, cuando no la tengo a mi lado, siento que algo me falta, como un frío, como un vacío que se hace en mí. Los cortos instantes en que sale, los minutos que pasa fuera de aquí, se me hacen eternidades. Ahora mismo y a trueque de pasar por un grosero: usted me ha dado más de una prueba de interés, ¿no es cierto? Su compañía debiera serme agradable. Enfermo, encerrado y como preso entre estas cuatro paredes, ¿qué más quiero que a un cristiano con quien desatar la lengua? ¿Cree que su sociedad me divierte, sin embargo? No; estoy hablando con usted y estoy pensando en ella, deseando que acabe de comer y que vuelva de una vez. En ese sillón en que usted se encuentra, junto a la cómoda haciéndome algún remedio, parada acá, al lado de mi cama, en alguna parte es necesario que la mire, que la sienta, que la sepa cerca de mí. ¿Sabe dónde duerme? Ahí, sobre el sofá, donde le hago traer y tender un colchón todas las noches, en lugar de dejar que se acueste, la infeliz, tranquilamente en su cuarto y descanse y duerma, lo que buen falta le hace después de haberse pasado una punta de noches en vela y sin desnudarse. Nadie sino ella me ha de tocar, porque nadie sino ella me toca como con almohadillas de plumas en las manos. Cada vez que usted, de comedido y de bueno, se me ha acercado para moverme o ayudarme a cambiar de posición, sólo las consideraciones que le debo han sido capaces de contenerme, impidiendo que lo echara a rodar con cajas destempladas. En cuanto al animal del médico, cuando me estruja y me hurga y me aprieta las heridas como si tuviera entre manos carne de perro o de hospital, le aseguro que me hago una violencia bárbara para no sacudirle un guantón. En fin, mi querido amigo, a la vejez, viruelas, como dicen. Ni yo mismo sé explicar lo que me pasa, cómo he podido contraer este nuevo mal, peor mil veces que mi herida. Es ridículo, absurdo, vergonzoso, indecente, pero es así. Estoy amamantado con Loulou como un muchacho mal criado con su madre, sin ser, bien entendido, un cariño inocente y puro el que le tengo, lejos de eso. La quiero, no porque sea buena y le deba lo que no soy sujeto de pagarle. La quiero porque ella es mujer y yo soy hombre, porque su presencia me enardece, porque su olor me marea, porque su contacto me electriza, ¿entiende? La quiero porque es joven, porque es linda, porque así como usted me ve, tumbado en una cama y con el cuerpo hecho un ecce homo, me siento hombre; porque el grito de la carne, un momento sofocado por los gritos del dolor, vuelve a retumbar en mí con más violencia que nunca; porque tengo hambre de ella; porque no conozco a otra mujer que, como ella, sea capaz de calmar el ardor varonil y brutal de mis sentidos, cuya posesión me haga entrever una fuente más inmensa de delicias para apagar las ansias de placer que me estremecen. La quiero irreflexiva, ciega, instintivamente, no por ella —no la querría si fuera picada de viruelas o tuerta— sino por mí y para mí, para mí solo. Y la idea de su pasado, de que eso que es mío ahora ha sido de todos antes, que medio mundo ha metido allí la mano hasta el codo y ha sacado su ración, lo mismo que en un bodrio a la puerta de un convento, me carga y me desespera. Y tengo celos entonces, celos de toda la tropa de sus amantes, celos hasta de usted que la ha conocido primero. Quisiera… ¡qué sé yo!… Que no fuera ella, que fuera otra, verla nacer y crecer de nuevo ante mis ojos para arrancarle yo los secretos de su virginidad, para aspirar el cáliz de su cuerpo de mujer, lejos hasta del aire que los otros respiran, como esas plantas de invernáculo cuyas flores corta y marchita sólo la mano egoísta de su dueño. Y tira al cajón de la basura cuando empiezan a oler a viejo.


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