Música sentimental
Música sentimental Epatant! de los ramollis de la orquesta y a las risotadas del público saboreando unas de las escenas más cochinas del repertorio, cuando entraron tres mujeres al primer avant-scene bajo de nuestra derecha.
—¿Las conoce? —me preguntó Pablo.
—SÃ. Una de ellas, la de atrás, esa con la cabeza blanca de canas, peinada en bucles a la antigua usanza, vestida de ropas sombrÃas, el aspecto severo, el aire reservado y digno, cuya figura se destaca apenas entre la luz borrada del fondo del palco, donde acaba de sentarse, parece, de lejos, cosa que vale, ¿no es cierto? Se dirÃa una reliquia de la vieja raza francesa, noble esa y pura, en medio de sus preocupaciones necias de sangre. Ni tal. Acérquesela con el anteojo. Entre una espesa capa de magnesia y colorete que esconde las grietas de un pellejo entumecido por el vicio, verá dos ojos abotagados y turbios como clara de huevo clueco y una boca cuyos dientes de fuina y cuyos labios amoratados y trompudos, están revelando toda la groserÃa carnal de la bestia envejecida en cuarenta años de orgÃas. En sus buenos tiempos, la llamaban Rigolblague; hoy se deja decir la señora de Preville.
—¿Madre de la de la carta?