Música sentimental

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VIII

Entretanto, el invierno se había venido en cueros; un frío varón de cero abajo.

Cada puerta abierta era un cañón apuntando a los pulmones; cada ráfaga de viento, un sablazo en la nariz. La sangre se endurecía, los tuétanos dolían.

París, el ogro enorme, seguía impasible en su afán de devorar vidas y haciendas.

Sobre una naturaleza muerta, un foco vivo; en el hielo un brasero: París.

París, un mundo de pasiones disputándose al hombre. Pasiones bajas, apetitos glotones excitados por el etalage crudo de todos los deleites, por el alarde cínico de todas las torpezas.

Y allá, de tarde en tarde, como extrañado en la región del vicio, un arranque generoso, una acción noble, un grito honrado que suena apenas un instante y va a perderse ahogado en el chirrido infernal de aquel hervidero de corrupción.

Corrupción en las alturas donde el reflejo del oro, el roce de la seda, la llama aristocrática de las bujías, la corrección de la forma, esconden toda la irritante fealdad del fondo.

Corrupción en el grueso de la masa, desde el bourgeois mezquino y egoísta hasta el obrero que vomita en una ordure todo el veneno de su alma.


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