Música sentimental

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—Sí, el matrimonio aquí es una sociedad hecha para quebrar. Un nombre y una fortuna forman el fondo social. Él va buscando dinero; ella, ser libre. El hombre elige a la mujer por lo que esta tiene. La mujer no elige a nadie; acepta al marido que le dan, galgo o podenco, como el medio más sencillo de llegar a hacer lo que se le antoja. Sin amor, sin afección, sin vínculos, cada cual endereza por su lado tirando a manos llenas al capital común, hasta que la caja queda tecleando; del nombre, ni pedazos; del dinero, algunos restos. La sociedad se desfonda, la bancarrota está adentro, pero, eso sí, las formas se guardan, se salvan las apariencias; la educación manda, ante todo, ser correcto. Uno junto a otro, usted los ve pasar irreprochables por la «Avenida de las Acacias». Nobles, altivos, la cabeza erguida, son como los caballos que los tiran: tienen la allure. Pero, una vez que sueltan el freno, es otra cosa: hacen lo que la yunta, que se muerde y se cocea si duerme en el mismo pesebre. Por eso viven separados, por eso son como extraños, por eso el conde juega al «treinta y cuarenta» mientras la condesa echa su partida con usted. Pero, ande con pies de plomo, sea correcto usted también, si no quiere que la criada le salga respondona. Mire que, al enhornar, se hacen los panes tuertos y que, malgré tout, la gente esta suele tener cosquillas. A no ser que su conde sea un filou, un conde engaña pichanga, su condesa una condesa de cartón y usted un pavo, perdone la franqueza.


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