Música sentimental

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Vi el momento en que se armaba la más tremenda safacoca, en que la farsa acababa en tragedia, en que volaban los platos y las botellas, los espejos se hacían trizas y la sangre corría a chorros.

Ni medio; el conde susodicho había sido un señor perfectamente correcto.

Pálido como un cadáver, jadeando de fatiga y de emoción, las narices dilatadas, las ropas en desorden, pero digno, a la vez, frío y sereno en su coraje:

—Deploro, señores —dijo completamente dueño de sí mismo—, y pido a ustedes, desde luego, mil perdones por haberme visto en el caso de llegar hasta aquí de una manera que repugna a mi carácter. Pero esta mujer es mía, me la han robado y vengo a reclamarla: ¡sígame usted, señora!

—Escucha, oye un instante…

—Salga usted, yo se lo mando —agregó, señalando la puerta con un gesto ceñudo de autoridad.

—Señor —balbuceó Pablo—, le protesto…

—No es éste, señor, el lugar ni el momento de explicarnos. Tendré el honor de volver a verme con usted.

Y mientras la condesa azonzada, sin saber lo que le pasaba, obedecía como un ente, el marido impasible desaparecía tras de ella, clavando en Pablo una mirada glacial.


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