Música sentimental
Música sentimental —¿Es usted poeta, señor?
—No, señora, soy filósofo… estoico. Soporto todas las cargas de la vida tan fresco y tan conforme como usted me ve en este momento.
—Pero, a propósito —interrumpió Pablo sacando el reloj—, son más de las siete y media, ¿si comiéramos? Declaro que tengo un apetito de Heliogábalo.
—Claro, pues, el movimiento, el ejercicio, no hay aperitivo mejor. ¿A que a la señora le sucede otro tanto?
—¡SÃ! ComerÃa un pedazo de pan, no lo oculto.
—¡A la mesa, entonces!
—A la mesa…
Cuando, ¡adiós con los diablos! Un entrevero de voces llegó en tumulto hasta nosotros:
—No hay nadie, señor.
—Déjeme pasar.
—Le repito que no hay nadie.
—¡Déjeme pasar, vive Dios!
Y se oyó el ruido como de un cuerpo que sacuden contra el suelo, la puerta se abrió como viniéndose abajo y un hombre y una mujer entraron de sopetón y se nos plantaron por delante.
—¡Mi marido!
—¡El conde!
—¡Lucas Gómez y Loulou!