Música sentimental
Música sentimental ¡Mentira, por supuesto, que charmant habÃa de ser! cuatro trastos viejos en un casucho de mala muerte.
—¡Ah! Precioso —apoyé—, un nido de amor, un bonbon, vista espléndida, jardÃn delicioso. Vaya, amigo, a usted le toca hacer los honores de su casa. Muéstresela a la señora —agregué, de puro bueno y servicial.
—¿Y usted no viene?
—¿Para qué? Yo me lo sé de memoria ya.
—Si la señora me permite, entonces, voy a servirle de cicerone.
—Con mucho gusto.
Y ambos salieron y echaron un rato en hacer lo que podÃan haber hecho en un momento, desde que la casa estaba abierta toda y no tenÃan puerta alguna ni entrada que violentar.
Sólo que, como las mujeres son de suyo entrometidas y curiosas, lo que hubo, probablemente, es que la condesa no se dio por satisfecha mientras no se registró con Pablo hasta los últimos rincones del cuerpo de edificio y del jardÃn.
Asà fue que volvieron medio azorados, pidiéndome perdón por la tardanza y por haber abusado de mi paciencia:
—No hay de qué… —repuse sentado tranquilamente junto a un balcón—. He estado contemplando el mar; a mà me gusta mucho contemplar el mar.