Música sentimental
Música sentimental —Mon Dieu, monsieur, usted encontrará extraño, tal vez, que venga yo sola aquÃ. Pero el señor es tan amable, se ha empeñado tanto conmigo en que conociera su pied-à -terre, que he creÃdo no deber rehusarme a su galante invitación.
—¡Oh! ¡Señora!… La amistad de Pablo con su marido basta, por sà sola, para explicar la presencia de usted en esta casa. Se encuentra usted entre americanos, por otra parte. Como diciéndole: «No somos de su convento y no hay peligro de que se descubra el pastel».
—SÃ, ustedes en América —me contestó tergiversando el significado de mis palabras— educan de otro modo a la mujer; la hacen libre y soberana porque comprenden que ese es su verdadero rol en el mundo. Decididamente, están más adelantados que nosotros.
—¡Ah! Sà señora, muy adelantados. Lo que es en mi tierra, puedo asegurar a usted que las mujeres gozan de la más completa independencia, que hacen lo que se les antoja y da la gana. Si asà seguimos, nada extraño será que, el dÃa menos pensado, las veamos salir a la calle con faldones y otros atributos masculinos.
«¡Van saliendo!», dije por dentro.
—SerÃa curioso…
—Y barato.
—Pero… c'est charmant ici! —exclamó, cambiando asunto de pronto y haciéndose la que no conocÃa la casa.