Música sentimental
Música sentimental A la hora fijada, encontré solo a Pablo:
—¿Y?
—No me ha dado poco que hacer, le aseguro; he tenido que trabajar como un buey. Ni a palos querÃa aceptar: «por quién me toma usted, qué dirá ce Monsieur, y mi marido, y mi reputación», y pitos y flautas, hasta que, al fin, he logrado convencerla a medias y hemos concluido por transar. Va a venir, pero es valor entendido que, entre ella y yo, no hay nada bizco. Se trata simplemente de un antojo de enfant gâté, de un capricho de mujer consentida y coqueta por conocer mi casa y pagarse el lujo de una inocente cascade. Asà pues, queda prevenido; no vaya a hacerme quedar como un negro. ¡Dios me perdone!, amigo —siguió Pablo, echando un último vistazo sobre la mesa abundantemente provista—, me parece que lo he clavado, que la fiesta esta va a ser velorio; pero, en fin, una vez en el potro… ya sabe, resÃgnese, tenga paciencia y agradézcame la intención que ha sido buena.
Pocos momentos después, oÃmos el frou-frou de una mujer en el zaguán.
Era la individua en cuestión: traje gris, pelo rubio plateado, ojos azules grandes, nariz filosa, boca fina, tez empolvada, labios y párpados pintados, buenos dientes, buena mano, buen pie y elástica y flexible en sus maneras; sangre pura, en fin, una mujer pschutt: