Sin rumbo

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—Pero, en fin, señor, qué es lo que quiere usted decir… ¿podré saberlo? —interrumpió Gorrini dando visibles muestras de impaciencia.

—Esto, sencillamente, y me consta, porque jamás tuvo Andrés secretos para mí y porque soy su íntimo amigo. Si algo pues existiera entre la señora Amorini y él, yo sería el primero en conocerlo.

Había dispuesto ciertos arreglos en su palco. Yendo a comer al Café de París, de paso, se le ocurrió ver lo que había hecho el tapicero, y entró al teatro.

Mientras abría el palco y desde la puerta de su camarín atinó a distinguirlo la Amorini que en ese instante acababa de llegar.

Buenamente se acercó, hablaron, se pusieron ambos a conversar de cosas sin importancia, cuando, de pronto, oyendo que la voz de Gorrini la llamaba, sorprendida y temerosa a la vez, de que fuera censurada su conducta, de que su inocente entrevista en aquel lugar del teatro oscuro y solitario, despertara las sospechas de su esposo, bruscamente, en un primer arranque irreflexivo, entró al palco y se ocultó, no obstante las instancias en contrario y las observaciones de Andrés.

Después, era tarde ya; volver sobre la imprudencia cometida habría sido declararse delincuentes sin razón.

¿Qué hacer, cómo salvarla, cuál era el deber de Andrés?


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