Sin rumbo

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Claro, negar que allí estuviera. No le quedaba otro camino y fue lo que hizo.

Lo demás, el marido lo sabía.

Hubo un silencio incómodo, violento.

Los dos, perplejos, habían bajado la cabeza, evitaban el encuentro de sus miradas.

Pero Gorrini, al fin, poniéndose de pie:

—¡Gracias, gracias… es usted un caballero, un completo caballero… usted sí! —exclamó súbitamente.

Se había apoderado de las manos de su interlocutor. En una vehemencia de expansión, calurosamente se las sacudía.

Luego, con paso agitado y seco, púsose a caminar largo a largo por el cuarto, empezó a lamentarse en alta voz.

Todo era inútil, todo para él había concluido en el mundo, el terrible golpe que acababa de sufrir, lo dejaba postrado para siempre, la infame lo había hecho eternamente desdichado, en un momento había echado por tierra sus más gratas ilusiones, envenenado su existencia, cubierto su nombre de ignominia, lo había traidoramente escarnecido, deshonrado, a él, un noble, un conde, un hijo de ilustre raza, a él, que todo lo abandonara, porvenir, familia, patria, que todo sacrificara por ella… y tanto y tanto que la había querido… ¡infame, infame, infame!…


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