Sin rumbo
Sin rumbo —Esta carta a su dirección. Entréguela en manos de la persona misma y vaya a esperarme al Once. Tiene una hora; el tren sale a las tres.
Luego, sin perder un solo instante, atareado, con el nervioso apuro de un colegial en vacaciones, empezó a hacer su maleta.
Agarraba lo primero que le caÃa a mano, las medias, las camisas, los calzoncillos, metÃa todo al azar, lo arrugaba, lo estrujaba, lo empujaba, lo hacÃa caber como quien hace caber lana en los buches de un colchón.
Y con la idea persistente y fija de su hijo, devorado por la fiebre del deseo, en el ardiente anhelo de ver, de saber, sin poder esperar más, queriendo acercarse cuando menos, ya que le era imposible llegar el mismo dÃa, cinco minutos después corrÃa a tomar el tren sabiendo que iba a tener que dormir en el camino.