Sin rumbo
Sin rumbo Subió un momento después.
Inquieto y agitado, en cinco minutos se cambió de ropa y bajó de nuevo al comedor donde Villalba lo aguardaba.
—¿Qué novedades tiene que comunicarme? —inquirió de éste.
La hora tanto y tan ardientemente anhelada por él había llegado. Le sería dado saber por fin.
Y sin embargo, allí, en aquel instante, pendiente de las palabras de aquel hombre, cuyos labios iban a rasgar el velo de sus angustiosas dudas, una extraña cobardía, un miedo, una aprensión ajena al duro temple de su alma, bruscamente lo acometió.
Habría querido, contra las impulsiones de su propia voluntad, persistir en su cruel incertidumbre, prolongar una situación que mirara antes como un tormento insoportable, diferir, dejar para más tarde, postergar al día siguiente, indefinidamente, acaso, las revelaciones de las que hacía depender ahora su suerte, su porvenir, su vida entera y que acababa de provocar con su pregunta.
Y la voz, al formularla, le temblaba y sentía y oía al hablar los latidos vertiginosos de su corazón, como un redoble en el pecho, la trepidación de una máquina lanzada a todo vapor.