Sin rumbo

Sin rumbo

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—¿Por qué? —tuvo apenas fuerza para articular Andrés estremecido, sintiendo que lo que aún le quedaba de sangre en el cuerpo afluía como una oleada a su cerebro.

—Porque anda en la mala, el pobre. La hija hizo una trastada; se la embarazaron, libró ahora días y ha muerto de sobreparto.

Un golpe de maza asestado a traición no habría hecho en Andrés el efecto de estas palabras.

Estupefacto, fulo, inmóvil, toda corriente de vida pareció haberse agotado en su organismo.

Sin ni siquiera llegar a sospecharlo, el mayordomo tranquilamente siguió hablando:

—Desde entonces anda sin sombra, el viejo; usted sabe, señor, que es hombre aseado en sus cosas… El bochorno por un lado y, por el otro, el mucho apego que le tenía a la muchacha… Quiere salir del pago; dice que aquí no se resuelve a estar y que se va para afuera con la nietita.

—¿Vive, entonces?

—¿La criatura? Sí, señor: Ña Felipa, la partera, es quien la tiene desde que murió la madre.

—¿Y no sabe ño Regino quién es el padre? —interrogó Andrés, vibrando la voz en su garganta, encendiéndosele el rostro, relampagueándole los ojos en un cambio repentino, algo como una resurrección instantánea a la plenitud de la existencia.


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