Sin rumbo

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—No, señor, creo que lo ignora, que nunca se lo quiso decir la hija. Algún cachafaz, algún diablo, a la cuenta… No ha de andar lejos que sea el mismo peoncito que tenía.

Y concluyendo de formular su pensamiento:

—Si estas, patrón, son como hacienda —agregó Villalba con gesto de hombre convencido—, conforme cualquiera las atropella, ahí no más se echan.

—El padre de esa criatura soy yo, sépalo usted, sépanlo todos, ¡imbéciles! —vociferó Andrés fuera de sí, diciendo a gritos su paternidad, como haciendo alarde de proclamarla a voz en cuello y como si al desvanecer así las sombras acumuladas en torno de la cuna de su hija, hubiese querido a la vez acallar de un golpe las murmuraciones de los otros, poner una mordaza a aquella chusma—. Mañana mismo, temprano, al amanecer, mande usted atar mi carruaje y que inmediatamente me traigan a mi hija en él.

Conmovido por el intenso sacudimiento que acababa de sufrir, vaga, extraviada la mirada, los músculos contraídos, los labios tiesos, desencajado el semblante, con el gesto anonadado de quien ha visto caer un rayo junto a él, largo rato se dejó estar Andrés de pie en el medio del cuarto, una vez que hubo salido el mayordomo.

Insensiblemente se dirigió luego a la escalera y subió.


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