Sin rumbo

Sin rumbo

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Un temblor lo estremeció, una repentina sensación de chucho al penetrar en la atmósfera glacial de su aposento.

Tiritaba friolento, helado el cuerpo, mientras como al calor de una hoguera sentía que se le abrasaba la cabeza.

Volvió los ojos hacia el lado de la estufa, se acercó, se agachó, en un ademán de autómata, dio fuego a la leña que en aquella había sido preparada y, de nuevo puesto en pie, empezó a andar con paso desigual y vacilante por la pieza.

Iba y venía encogiéndose, doblado en dos, dando diente contra diente. Se tanteaba nerviosamente el pecho, las espaldas, la cintura, paseaba sus dedos agitados y febricientes sobre los brazos en cruz, se llevaba las manos a la frente, se la apretaba como queriendo impedir que saltara en mil pedazos, hachada por el dolor.

Lo aturdía un zumbido ensordecedor en las orejas, el repique simultáneo de mil campanas, las ideas se revolvían en su cabeza como barridas por un soplo de remolino: su hija, el arroyo, Donata, el frío, todo se agitaba, se mezclaba, fugaz, informe, confundido, sin que, en la inconciencia que poco a poco lo invadía, atinara Andrés a abarcar una sola noción distinta de los hechos.


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