Sin rumbo
Sin rumbo Al fin, semejante a un hombre que agobiado bajo el peso de la carga que sus espaldas no pueden resistir, tropieza y rueda por el suelo, tambaleando, fue a dar contra la cama y cayó abrumado sobre ella.
Incapaz ya de pensar, de sentir, de sufrir, inerte, un sueño de plomo cerró sus ojos.
Y como si la frágil corteza de la carne, pequeña para tanto, débil para resistir la violencia de tamaños sacudimientos, se hubiera roto en él, como si la tremenda crisis porque acababa de pasar Andrés, sus angustias, sus quebrantos, su zozobra, hubiesen determinado un desequilibrio mortal en su organismo, la vida sensacional pareció abolida de aquel cuerpo; habríase dicho, en las contracciones repentinas y fugaces de su musculatura, que apenas la otra, la vegetativa persistía, tal cual persiste en el cadáver de los ajusticiados largo rato aún después de la ejecución.