Sin rumbo

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XXXII

El sol de la mañana siguiente, alto ya, al entrar por la ventana, dando de lleno sobre la cara de Andrés, lo despertó.

Sobresaltado, incorporándose, volvió éste una vaga mirada en torno suyo.

¿Dónde estaba, qué hacía allí, cómo se encontraba entre aquellas cuatro paredes que contemplaba sorprendido, cuyo interior desconocía en el vivo golpe de luz que lastimaba sus ojos?

Oprimiéndose la sien con las dos manos, trató de recordar, de coordinar sus pensamientos, de penetrar en un esfuerzo, en una brusca tensión intelectual, aquel enigma.

Pero un ruido extraño llegó hasta él; desapacible, displicente, semejante al rechino lejano de un eje de carreta.

De pronto, comprendiendo, recobrando como por encanto una entera conciencia de la realidad, saltó de la cama, abrió la puerta, bajó corriendo la escalera y penetró en el comedor donde una mujer vieja, amulatada, vestida de trapos chillones de zaraza, caminaba de un lado a otro sacudiendo un envoltorio entre sus brazos:

—Aquí tiene a su nena, señor —exclamó al ver entrar a Andrés y adelantándose a él y cuadrándosele por delante—: ¿qué le parece? —agregó con gesto alegre y complacido, mientras le ponía bajo los ojos a la débil criatura—. ¿Es alhaja o no la mocita?


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