Sin rumbo
Sin rumbo El vano empeño del hombre por descifrar la incógnita de su existencia, ese escollo inconmovible y mudo ante el cual está escrito que ha de estrellarse la inteligencia humana; su estéril, su eterna lucha contra lo imposible, se renovaba entonces en Andrés, y, en el inmenso y prolongado esfuerzo, enardecido, afanoso por saber, desesperado por ignorar, su cabeza se perturbaba, sus ideas, como las ideas de un loco, se agitaban sin orden ni ilación, se entrecruzaban dolorosas como chuzas que le clavaran en la sien.
Maldecía en esas horas de ofuscación y de extravío, renegaba de su suerte que lo había hecho padre.
Por él, obligado ahora a vivir en obsequio de su hija, reatado a la existencia por ese nuevo vínculo de hierro, sin ni siquiera ser dueño de su bulto, libre de acabar por agujerearse el cráneo…
Por ella, ¡la infeliz!, condenada a recorrer la vía crucis de su sexo.
Y un sentimiento desnatural y salvaje lo invadía, emanado de la intensidad misma de su afecto, y llegando a imaginarse convencido de que mil veces preferible a todo es el reposo absoluto de la tumba, en bien de la niñita, él, su padre, iba por momentos hasta anhelar su fin…