Sin rumbo

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XXXV

Una palabra, una gracia, una caricia de su hijita, no tardaba en llevar de nuevo la tranquilidad y la calma al espíritu de Andrés, desvaneciendo como por encanto esas nubes pasajeras, tristes vestigios de una época sombría y dolorosa.

Se sentía como purificado en presencia de la niñita, capaz de todas las virtudes, accesible a la bondad, inclinado a la indulgencia.

Una inconsciente necesidad emanaba del fondo de su alma, como un deseo imperioso, imprescindible de personificar en alguien, de encarnar en una entidad extraña y superior la causa de todo el bienestar de que gozaba.

¿Bastaba acaso buscarla, conformarse con tener su explicación en las alternativas, en los azares de la vida, en el destino, en la suerte?

El helado vacío de esas palabras producía en él una afligente impresión de soledad y desamparo, como si vagara perdido entre tinieblas.

Lo que el azar hacía hoy, podía deshacerlo mañana… ¡Ay de él!, de su hija, ¡ay de su felicidad, entonces!

Y ante la horrible amenaza, un secreto sentimiento lo asaltaba, hecho de egoísmo, de debilidad, de cobardía, y queriendo creer y temiendo no llegar a conseguirlo, obstinadamente se empeñaba en cerrar los ojos a la importuna luz de su razón.


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