Sin rumbo

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XXXVIII

La tía Pepa lo esperaba a comer con la niñita.

Fue, de parte de ésta, un coro de lamentos, de exclamaciones y preguntas, al verlo entrar así, todo mojado.

—¡Pobrecito, papá, pobrecito! ¿Tenés frío, tenés nana?

Se agitaba, se empeñaba en traer la ropa, los botines, todo el ajuar de sus muñecas para que su padre se cambiara.

En la mesa, quiso por fuerza sentarse sobre las rodillas de Andrés, comer en su mismo plato, darle ella misma los bocados, volviéndose a cada instante, pasándole las manitos por la cara, por la barba, besándole los ojos, llenándolo de caricias con esa gracia exquisita y suave, con esa delicadeza encantadora inherente a la mujer en los primeros años de la infancia.

Nunca se había mostrado Andrea tan extremosa con su padre, nunca su afecto instintivo de criatura había tenido mayores ni más francas efusiones.

—Es tarde ya y la noche se ha puesto destemplada y fría. Llévesela a dormir, señora, acuéstela, no sea que se nos vaya a enfermar, que el cambio brusco de la temperatura le haga daño…

Y, tomando entre sus manos la cabeza de la niñita después que hubo cargado a ésta la tía Pepa y besándola en la frente con inefable fruición:


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