Sin rumbo
Sin rumbo Él mismo montó dando el ejemplo y salió a escape, hecho ahora a esa vida, a esas fatigas, habituado a no excusar el contingente de su persona, a ser el primero siempre en los trabajos, ávido de lucro, dominado por la idea del oro, por una ciega ambición de acumular, de aumentar indefinidamente su caudal.
Corrió a los puestos, a las haciendas, abandonadas durante la esquila al cuidado de mujeres y muchachos, expuestas a que el azote del viento las dispersara, a que el frío matara las ovejas despojadas de su manto protector.
Empleó la tarde entera en dirigir a los peones, acudiendo él personalmente de un lado a otro, juntando puntas de animales extraviados, arreando las majadas, haciéndolas rodear entre las pajas y dándoles así un abrigo para el caso de que el viento se llamara al Sud y la tormenta se trocara en temporal.
Por fin, después de haber impartido las órdenes que su experiencia y su práctica le sugerían, de noche ya, con el caballo rendido de cansancio y fatigado él mismo, llegó de vuelta a la estancia.