Sin rumbo
Sin rumbo ¿Duraba mucho el crup? ¿En cuánto tiempo mataba? ¿Y ese alivio, esos desahogos repentinos que se observaban en la respiración, debÃa ser bueno, eso?… ¿Qué significaban, denotaban una disminución del mal? ¿PodÃan ser considerados como un sÃntoma propicio, o eran otras tantas engañosas alternativas durante el curso de la cruel enfermedad?
En la embarazosa situación en que se hallaba, midiendo el alcance de sus palabras, haciendo sus salvedades, sus reservas, trataba el médico de reanimar el abatido espÃritu de Andrés.
Sin ocultar el estado grave de la niñita, afirmaba que no era un caso desesperado, que podÃa ésta sanar, la fiebre declinar de un momento a otro, que esas bruscas remisiones de la sofocación eran provocadas a veces por la expulsión total de las falsas membranas de la laringe y de la tráquea, y que una creciente y franca mejorÃa solÃa desde entonces declararse.
El silencio caÃa de nuevo, pesado y triste. Ambos continuaban caminando, haciendo crujir bajo sus pies la tosquilla de los caminos:
—¿Cómo va la nenita, patrón? —preguntó una voz a espaldas de ambos.
Era Villalba. Humildemente se habÃa detenido a la distancia, descubierto.
—Como el diablo, por morirse…