Sin rumbo
Sin rumbo —¡No ha de querer Dios!… ¿Sabe que hemos andado medio mal, patrón, causa de la tormenta? —agregó al cabo de un momento, con gesto embarazado y zurdo, revolviendo el sombrero entre sus manos—. Han sido con demasÃa las pérdidas; el tendal de ovejas muertas ha quedado por el campo… el agua tan por demás frÃa y los pobres animales recién pelados, por fuerza tenÃan que engarrotarse… Para peor, una punta grande de vacas ha enderezado a los alambres y se ha azotado al arroyo, ahogándose muchas de ellas.
—¿Y eso a mà qué me importa, qué me lo viene a decir? ¡A ver como no se mueran todas!…
¡Imbécil!… Como para ocuparse de vacas estaba él…