Sin rumbo

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XLIII

Fue en la mañana siguiente, después de una noche cruel de sufrimientos y en presencia de los progresos cada vez mayores de la enfermedad, que el médico se resolvió a operar a Andrea.

La fiebre, sin embargo, había cedido; sucediéndose a intervalos más distantes cada vez, habían cesado los accesos de la tos.

No era ya, al respirar, el silbido largo y ronco que se dejaba oír, así a la entrada, como a la salida del aire, y si bien en el movimiento inspiratorio un ligero ruido persistía, la expiración se hacía en silencio. En la nueva faz que revestía la enfermedad, la niñita parecía descansar profundamente dormida.

Pero esos síntomas, halagadores para el padre, lejos de tranquilizar al médico, fueron a sus ojos el triste pronóstico de un fin cercano; esa calma, esa quietud, la postración, la modorra que precede en ciertos casos a la muerte.

Y cuando, poco después, vio que la enferma con dificultad era arrancada a la especie de letargo en que yacía, que una insensibilidad completa se operaba en determinadas partes de su cuerpo y que, abultadas y duras las venas del pescuezo, una rojez lívida coloreaba su rostro, como si la presión del aire le faltara, como si el vacío se operara en torno suyo, sin perder un minuto, llamó al padre:


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