Sin rumbo
Sin rumbo —Es de todo punto necesario, indispensable, señor —le dijo—, que su hijita sufra una operación. La única salvación posible para ella depende del éxito de este recurso extremo. Usted es hombre, pero usted es padre… vaya, retÃrese y mándeme a alguien que me ayude, será mejor, créamelo… por usted, por mà mismo se lo aconsejo, se lo pido.
—¡Dejarla a mi hija, yo! ¡No, doctor, no me pida eso, no puedo, es imposible! —repuso Andrés sacudiendo tristemente la cabeza, mientras en las frÃas inflexiones de su voz, una voluntad inquebrantable, una estoica resolución se descubrÃa—. Esté tranquilo, por lo demás… no me ha de faltar valor —agregó—, usted lo ha dicho: soy hombre…
Comprendiendo el médico que habrÃa sido vana tarea empeñarse en disuadirlo, pero temiendo, no obstante la entereza de que se mostraba animado, que en aquella dura prueba flaqueara su corazón de padre:
—ConvendrÃa que viniese otra persona más, que hiciese usted llamar a su encargado. Con las señoras no debe uno contar en estos casos.