Sin rumbo
Sin rumbo Y Dios no se la salvó.
La enfermedad, el agente misterioso, el adversario implacable siguió avanzando terreno, la infección secundaria invadiendo el organismo de la desdichada criatura, pudriéndola en vida el virus ponzoñoso de la difteria.
Y todo fue en vano: los recursos, los remedios, los paliativos supremos de la ciencia, el ardiente empeño del médico, el amoroso anhelo del padre, el fervor religioso de la tía, todo el arsenal humano, todo fue a estrellarse contra el escollo de lo desconocido, de lo imposible… Tres días después de haber caído enferma, Andrea dejó de sufrir.
Como si se hubiesen secado en Andrés las fuentes del sentimiento, como si el dolor lo hubiese vuelto de piedra, ni una lágrima lloraron sus ojos, ni una queja salió de sus labios, ni una contracción arrugó su frente; impasible y mudo la vio morir, la veía muerta.
El médico, compadecido, hizo por llevárselo de allí.
Se rehusó secamente. Quiso que lo dejaran solo, lo pidió, lo exigió y junto al lecho de su Andrea, que la tía Pepa bañada en llanto había sembrado de flores, se dejó quedar sobre una silla, inmóvil, abrumado, anonadado…
De noche y tarde ya, abandonó su asiento.
